Desayunamos abundantemente: bollería, huevos, salami, jamón (por supuesto no eran de cerdo) y lo mejor eran unos boles de yogur natural o yogur con fresas que yo aderezaba con uvas o albaricoques en almíbar. Hacía el “desayuno del funcionario” que consiste en que dadas las escasas dietas, se busca alojamiento y desayuno, de esa manera el funcionario se pone hasta las trancas en el desayuno y así puede pasar el almuerzo con algo ligero (y barato) y se invierte la dieta en la cena. M. se ríe de mi pero él tenía hambre y yo no.
Ese día fue lluvioso y en primer lugar visitamos Santa Sofía. Primera sorpresa: ¡no quitaban los mosaicos cuando convertían las iglesias en mezquitas! Así que se podía seguir respirando el ambiente de la época bizantina. Las vistas de la nave desde las galerías superiores son asombrosas porque son las que hacen darte cuenta de la grandiosidad del edificio. Impresiona pasar por las puertas que antiguamente solamente podían utilizar los emperadores de Bizancio.
Cuando nos dirigíamos a la Mezquita Azul, justo enfrente, comenzó la oración, así que alteramos los planes y nos fuimos a la Cisterna. Una cisterna subterránea de la época romana que esta tenuemente iluminada, ambientada con música suave y con pececitos nadando en el agua.
Después fuimos al Gran Bazar y al Bazar de las Especias, estaba lloviendo y al fin y al cabo son espacios cubiertos. Comenzamos la búsqueda de los encargos que nos había hecho Drichal… el cinturón fue imposible de encontrar, y allí tenían de todas las clases, formas y colores; unas zapatillas de imitación que no nos ofrecían ninguna confianza, la verdad. Bueno, no convenía saturarse en el Gran Bazar el primer día.
Terminamos bastante cansados y marchamos al hotel a descansar. Antes de eso, subimos a la azotea a contemplar las vistas desde la piscina: el Cuerno de Oro, los jardines de Topkapi, Santa Sofía y la Mezquita Azul.
Un rato después salimos a cenar y volvimos pronto, porque estábamos MUY cansados.
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